Being evil… o cómo conseguir que tus empleados, además de putas, pongan la cama
Resulta increible los niveles a los que puede llegar un empresario en su afán de control sobre sus siervos empleados.
Una vez trabajé para un joven emprendedor, recién titulado y con ganas de comerse el mundo. Creo que él tenía 26 o 27 años (yo 22) y era la típica persona que pensaba que si no había más adinerados por ahí es porque, seguramente, la mayoría de la gente es gilipollas. Por supuesto, él pertenecía al reducido grupo de personas nacidas para triunfar en la vida y así pretendía demostrarlo.
Para ser justo, he de reconocer que el chico no era tonto (aunque tampoco brillante) y que le sobraban empuje y ganas para sacar adelante su negocio. Sin embargo, pecaba de ingenuo. Nunca, en toda su vida, había trabajado como profesional en su sector. No tenía idea de cómo funciona un negocio, ni de cómo vender nada, ni de cómo ejercer de jefe, y dejaba entrever una actitud infantilóide… Eso sí, se sabía de principio a fin las andanzas y hazañas de Larry y Sergey y, por supuesto, era un entusiasta del don’t be evil. ¡Ya sabía todo lo que tenía que saber para dirigir un negocio de éxito!
Cuando entré a trabajar allí, la empresa era un ‘algo’ no-nato: los sillones del recibidor aún estaban sin desembalar, los ordenadores estaban en sus cajas, precintados y esperando a ser montados y no teníamos ningún cliente. Por aquel entonces yo no contaba con demasiada experiencia laboral y creía que no tenía los conocimientos suficientes como para poner en duda nada. A mí me pagaban entre 600-700 euros al mes y yo intentaba no defraudar, realizando gran parte de la carga de producción de la empresa. Estando como estaba el tema laboral del sector tecnológico en mi ciudad, me daba con un canto en los dientes y agradecía tener trabajo ‘de lo mío’.
Fueron pasando meses y meses (más meses que salarios, por cierto) y mi jefe empezaba a estar algo desencantado. Las cosas no salían como pensaba y de los 5 ó 6 proyectos que calculaba que haríamos por mes, a veces, no llegábamos a dos. Las cuentas no cuadraban y perdíamos dinero (de ahí la discordancia meses/salarios, porque es bien sabido que quienes primero pagan los desajustes presupuestarios son los salarios de los asalariados) En verdad, ésto no me importó demasiado. Asumí que los comienzos no son fáciles, que lo más importante era aprender, ganar experiencia y que la fidelidad y el saberestar se recompensan cuando pasan las vacas flacas.
Mientras, en todo este tiempo, yo había empezado a notar ciertas cosas raras que me tenían mosqueado. Sabía que mi jefe había mirado por error algún mail de mi cuenta de correo privada (se me permitía acceder a ella en el trabajo) y que fisgaba con frecuencia en el histórico de mi navegador (también tenía permitido el libre acceso a internet) por las tardes, cuando yo me iba a casa. No dije nada porque, en fin, qué sé yo de derecho laboral.
La situación del negocio se hizo insostenible. No cubríamos, ni por asomo, gastos y, lo que es peor, ¡no había nada que hacer! Me pasaba las horas mirando el blanco de la pared y mejorando productos anteriores. Intentaba alargar lo poco que me llegaba nuevo (error por mi parte) e intentaba hacerlo de manera más escrupulosa. Yo ya llevaba unas semanas diciendo a mis amigos que quería dejar el trabajo y bromeaba diciendo que ‘ojalá me despidiesen, para evitar el trago de decir que quiero irme’. La verdad es que algunos días salía bastante chinado del trabajo y despotricaba de mi situación.
Y así las cosas, un día me llama el jefe al despacho y me empieza a contar que el mundo es un pañuelo, que en las ciudades pequeñas todo el mundo se conoce y que él era amigo de un conocido mío, que, a petición suya, ¡le pasaba información periódica sobre lo que hacía y decía yo fuera de horas de trabajo! Alucinaba en colores. Además de querer controlar todos mis movimientos en horas de trabajo pretendía saber qué es lo que hacía en mi tiempo de ocio. Sabía cuándo salía de fiesta entre semana, a qué hora me había ido a casa el día anterior, y cualquier cosa que hablara dentro del grupo de amigos. Si yo decía algo un día a las once de la noche, el tenía conocimiento de ello a primera hora de la mañana siguiente. Parecía saberlo todo o, al menos, una versión bastante desviada; quien le contaba las cosas (luego supe quién era) es la típica persona propensa a exagerar y distorsionar la realidad, que vive de pajas mentales… con lo que aquello que llegaba a oidos de mi jefe no era demasiado objetivo. Por supuesto, le dije que sí tenía previsto dejar la empresa, a lo que contestó que cómo podía él confiar en que yo no me llevara la base de datos de clientes, su agenda o incluso todo lo que se había (yo había) desarrollado durante todos esos meses. Y, por descontado, me echó en cara mi baja productividad durante las últimas semanas (¡¿!?) suponiendo que lo que yo quería era que me despidiera, porque eso le habían dicho.
Cómo podía confiar en que yo no tomara venganza sabiendo las contraseñas de todo, la combinación de la alarma e incluso (aunque creo que esto último no ocurrió y me lo estoy inventando) el pin de su móvil. Es más, rotundamente no podía confiar en mí: una vez, a la pregunta de si tenía una web personal, yo había contestado que no; meses más tarde él descubrió que, en realidad, sí tenía una web en la que colgaba mis fotos personales, de mi familia, de mis amigos… de mi intimidad, en definitiva. Además, el foro de la web tenía un diseño muy parecido a uno que había implantado en la página de un cliente (¡como si un foro pudiera tener algo de original!) . Si le había mentido con respecto a lo de mi web, entonces ya no era persona de fiar. Me acusó de ladrón, de traidor, de mentiroso, de deshonesto, ¡de pesetero!… Creo que nadie en mi vida me ha ofendido tanto como él lo hizo en apenas treinta minutos. Éso sí, después de sus reproches e insultos, dijo estar muy contento con mi trabajo, que yo era una persona muy válida y que no había inconveniente en que me quedara en mi puesto, si así lo deseaba.
Me fuí a casa temblando de ira, por la noche me emborraché y en una semana ya tenía otro trabajo. El dinero que me debía lo vi pasado más de un año.
Las canciones preferidas de la blogosfera
Curiosamente, mi primer post no trata sobre informática o el mundo web (que hacia estos derroteros es a lo que tenderá el blog), sino que pretende continuar con la cadena empezada en Abadía Digital sobre los gustos musicales de la blogosfera. Quizá mi lista interese a los 3 visitantes únicos (según las estadísticas de WP) que he tenido hasta ahora jejeje. ¡Qué leches! La mayoría de los blogs que existen son a la comunidad internauta lo que la masturbación a la sociedad: sólo el interesado participa de ello. En fin, que me desvío del tema… Ahí van mis favoritos:
- The Way You Look Tonight, de la gran Billie Holiday
- Bote de Colón, de Alaska y Dinarama
- Sonata nº1 para piano, de Beethoven
- Ziggy Stardust, de David Bowie
- Nocturno en Mi menor, de Chopin
Un poco de todo y muchas que se quedan en el tintero. Pero, con estas cosas, ya se sabe… depende del momento. Mañana serán cinco diferentes.
¿Por qué bloguear?
Pues porque lo hace todo el mundo, ¿no?
Espero no cansarme antes de empezar, que «no escasea la inteligencia, sino la constancia» (Doris Lessing)